Me emociona la buena música, un bonito atardecer, el sonido de la lluvia tras la ventana, el final de una película romántica, los helados de pera, encender las luces de navidad y leer poesía.

Desde pequeña he sido una persona muy sensible, me emocionan muchas cosas, tanto positivas como negativas, aunque intento quedarme con las primeras. Soy de aquellas que no pueden evitar soltar una lagrimilla con las películas donde un personaje entrañable muere, que le brillan los ojos cuando recuerda aquel verano en la playa y que sonríe cuando piensa en el futuro.

Es verdad que me emocionan muchas cosas. Tantas, que me resulta imposible enumerarlas en una sola hoja, pero hay una cosa que me despierta sentimientos más que nada, y son las personas.

Me emocionan las personas, así, en general, como si no fuera nada pero como si lo fuera todo. El olor del bizcocho de mi abuela, el perfume de mi madre, el café con mis amigos los domingos por la tarde… Me emocionan los aromas relacionados con personas porque me transportan a momentos de felicidad absoluta.

Me emociona ver a los niños sonreír en el parque, cuando veo que las cosas son más sencillas de lo que parecen. También me emocionan los besos mañaneros, aquellos que van acompañados de un “buenos días” con voz dormida y unos rayos de sol a través de la persiana.

Mi plato favorito encima de la mesa en mi cumpleaños, que a pesar de estar ahí cada año, se convierte en una sorpresa inesperada.

Me emociona saber que algún día seré mayor como mi abuelo y podré dar sabios consejos, aun sin tener ni idea de lo que esté diciendo, ya que todos confiarán en mis palabras.

También me emocionan mis amigos cuando consiguen deshacer planes para poder tomar una cerveza fresquita en la terraza de aquel bar.

Y la risa de mi hermano pequeño cuando le hago cosquillas. Aquella risa nerviosa que está mezclada con cara de pena para que deje de sujetarle los pies.

Visto así puede que sea una persona demasiado emotiva, que me pueda el corazón por encima de la cabeza, aunque tampoco creo que me perjudique en mi día a día. Y es que a mi me gusta poder mirar a los ojos a una persona y poder sentirla por lo que me transmite, sin poder siquiera tener la oportunidad de juzgarla. Saber tan solo con su expresión cómo se siente, quién es en realidad, y lo más importante, qué le emociona.

La verdad es que no me importa llorar en el cine, ni sonreír sin sentido aparente en medio de una reunión. Me encanta emocionarme, incluso cuando lo hago sin darme cuenta, como escribiendo este texto.

 

Sara Jurado

Déjate emocionar por Mostaza Comunicación.